A veces toca hacerse un examen de conciencia, y te das
cuenta que, ni por asomo, consigues llegar al aprobado.
Piensas en lo que has hecho, lo que has conseguido, el
tiempo que has dedicado, el tiempo perdido, las excusas, las ganas, si ha
merecido la pena.
Ya sea por vaguería, o porque has pensado que era más fácil de lo
que creías, o porque te has sobrevalorado de manera brutal, sea por lo que sea,
todo lleva al mismo resultado.
Pura decepción.
Esta decepción lo abarca todo, como una sombra silenciosa que poco a
poco aumenta su tamaño abrazando, y no con cariño precisamente, todo lo que
está en ti y a tu alrededor.
Empieza desde tu corazón, lo agarra, lo aprieta, lo ahoga. Luego sube, sigilosamente, por la garganta y rapta tu voz. En apenas un paso más, llega al cerebro, donde tapa cada buen sentimiento, cada buena sensación,
cada rayito de luz, los arrincona, los somete hasta que los doblega a su voluntad.
Una vez controladas las zonas más importantes de nuestro cuerpo,
se dedica a campar por sus anchas por el resto de TU mundo, oscureciendo las
cosas más brillantes de él y vertiendo en nuestros ojos una oscura neblina para que sigamos tropezando, deseando con todo TU corazón que caigas y te hagas daño.